Posteado por: Alberto Rubio | 7 octubre 2010

“El Prisionero de Chillon” – Lord Byron.

“Morir es cosa de un segundo. Hagamos todos el sacrificio de nuestras vidas, si este sacrificio es útil, pero no seamos cobardes. Porque entonces perderemos la vida y la dignidad, que es aún peor”. (Lord Byron).

Suiza. País de los paisajes de postal, donde cada imagen está colocada armoniosamente. Sus parajes de diversa índole se distribuyen para dar pie a panorámicas de cuento. Cuentos como los que se escriben en sus castillos, de construcción brillante para colocarse idílicamente.

Ejemplo sublime se encuentra en el castillo de Chillon en la ciudad de Montreux. Lugar preferido al atardecer para contemplar su reflejo rojizo a la orilla del lago con el horizonte de los Alpes que enmarcan su figura. Sobre todo gracias a un hombre del Romanticismo, Lord Byron, el cual fascinado por el lugar, escribió un poema “El Prisionero de Chillon” que atrajo al turismo para contemplarlo en su realidad. Su influencia dió vida al lugar creciendo la ciudad y el turismo surgiendo así hoteles y una nueva vida que poco a poco creció.

Su prisionero del relato fue una persona real. Se trata de François Bonivard, sacerdote de la ciudad de Ginebra del siglo XVI encarcelado allí debido a su negativa a seguir el plan del duque de Saboya Carlos III para ocupar Ginebra. Fue liberado posteriormente y convertido así en héroe suizo.

Y así, reproduzco a continuación su poema más conocido, ambientado en aquella historia real de un paraje que en su apariencia fantasiosa existe de verdad.

“El castillo de Chillon – Gustave Courbet”.

“I

Mis cabellos son grises, pero no por la edad, y no se volvieron blancos en una sola noche, como ocurre a veces a causa de un súbito pavor. Mi cuerpo está encorvado, pero no por el trabajo, pues su entumecimiento fue provocado por innoble reposo. Soy el habitante de una fosa. Mi destino es el de los desgraciados para quienes el espectáculo de la naturaleza y el aire que desciende del cielo son bienes prohibidos ya que murallas y rejas se interponen. Es la fidelidad a la fe de mi padre lo que me ha valido las cadenas y me ha puesto cerca de la muerte. Mi padre prefirió el cadalso al abandono de su religión, y por el mismo motivo sus ojos fueron relegados entre las tinieblas de los calabozos de la tumba. Éramos siete…Ahora estoy solo. Mis seis hermanos y yo, en la flor de la edad, habremos terminado como hemos empezado, desafiando con audacia la ira de la persecución. Uno de nosotros perecieron en la hoguera, dos en el campo de batalla, confirmaron las creencias de su linaje, y campo de batalla, confirmaron las creencias de su linaje, y murieron como su padre murió, por el Dios que sus enemigos blasfemaban. Otros tres expiraron en la lobreguez de la cárcel. Y yo, último despojo de este naufragio, vegeto todavía en mi prisión.

II

Hay siete pilares góticos en los viejos y profundos calabozos de Chillon, siete columnas macizas y grisáceas, entre las cuales se filtra una macilenta luz, como un rayo de sol perdido que pasando a través de las rendijas y grietas, hubiera caído allí, palpitando en el húmedo suelo como un fuego fatuo en las aguas de un pantano. En cada pilar hay una anilla, y en cada anilla una cadena. Este hierro es algo que roe, pues en mis miembros ha dejado dentelladas que no se borrarán hasta que la luz de este mundo se apague para mí. Luz nueva la que ahora hiere mis ojos después de tantos años sin ver la salida del sol. ¿ Cuántos años ? He perdido la noción de su lento transcurso, desde el momento de la muerte de mi último hermano, junto a mí, cuando yo quedé vivo a su lado.

III

Nos habían encadenado, cada uno en una columna. Éramos tres, pero cada uno separado de los otros dos. Nos podíamos dar ni un solo paso y no nos podíamos ver más que a través de esta débil y lívida claridad, que nos deformaba como si fuéramos desconocidos. Así reunidos, y sin embargo separados, teníamos las manos agarrotadas entre hierros y el corazón angustiado. No obstante era un consuelo, privados de todo lo que hace amar la vida, poder hablarnos. Cada uno de nosotros, a su vez, reconfortaba a los otros dos hablando de sus esperanzas, recitando alguna vieja leyenda, o cantando una melodía heroica. Pero incluso este pobre consuelo, pronto desapareció. Nuestras palabras tomaron una triste entonación, un acento apagado, como el eco que resonaba bajo estas fúnebres bóvedas; su resonancia había cambiado. Quizás fuera el efecto de mi imaginación, pero no reconocía las voces familiares.

“El Prisionero de Chillon – Eugène Delacroix”.

IV
Yo era el mayor de los tres. Para ayudar y dar valor a mis hermanos debía hacer e hice cuanto pude. Cada uno de nosotros se comportó valientemente. Yo sufría sobre todo por el más joven. Aquel a quien mí padre quería más, porque tenía la frente y los cabellos de mi madre y los ojos tan azules como el cielo. Daba compasión ver a este joven que, cual tierno pajarito, anidaba en tan inmundo nido pues era tan bello como la luz del día, cuando el día era para mí tan hermoso como para las águilas en libertad. Pero mi hermano era tan brillante y tan puro, que se parecía a uno de estos largos días polares, durante los cuales el sol no se pone y alumbra durante toda una estación el esplendor de las nieves inmaculadas. Su disposición natural era la alegría; no lloraba más que por desgracias de los demás, y entonces sus lágrimas, cuando no podía aliviar los males que aborrecía.

V

El otro, aunque con igual pureza de alma, era más vigoroso, tenía mayor resistencia, un cuerpo robusto y un temperamento belicoso. Hubiera querido partir a la guerra contra el mundo entero y morir en primera fila con la sonrisa en los labios. Pero no estaba hecho para languidecer encadenado. Su fuerza moral disminuyó poco a poco; lo vi decaer en silencio. Quizás que a mí me ocurría lo mismo, pero yo había esfuerzos para animar a mis hermanos, últimos despojos de una familia muy estimada. Este hermano había sido un gran cazador; había perseguido al ciervo y al lobo por los bosques. Para él, la cárcel era el peor de todos los males, y las cadenas y los grillos una horrible tortura.

VI

Las aguas del lago Leman bañan los muros del Castillo de Chillon. Desde lo alto de las blancas almenas, la sonda se hunde a mil pies en las profundas ondas que rodean sus torres. De modo que la doble barrera de piedra y de agua hacía de nuestro calabozo una tumba en donde estábamos como enterrados vivos. La sombría mazmorra en donde yacíamos está más baja que el nivel del lago. Oíamos por encima de nosotros, de día y de noche el murmullo de las aguas contra las murallas y a veces en invierno, me alcanzó la espuma que, impulsada por el viento, pasaba por las rejas a través de este libre espacio. La roca temblaba y yo sentía este temblor sin temor, pues hubiera acogido sonriente la muerte que me habría libertado.

VII

He dicho que mi hermano languidecía, que la fuerza de su alma disminuía. Rechazaba los alimentos, no porque la comida fuera repugnante, pues estábamos acostumbrados al régimen de los cazadores y no nos preocupábamos por lo que comíamos. En lugar de la leche de la cabra montés, teníamos el agua de los fosos y nuestro pan era el que los cautivos, han humedecido con sus lágrimas, durante miles de años, desde que el hombre encierra a sus semejantes, como bestias, en jaulas de hierro. ¿Pero, qué nos importaba? Esta miserable comida no habría podido debilitar ni su corazón ni la fuerza de su brazo. Mi hermano, privado de respirar el aire libre de las montañas y no pudiendo escalar sus escarpadas vertientes, hubiera igualmente languidecido en un palacio. ¿En fin, por qué no decir en seguida la verdad?… Mi hermano murió. Lo vi morir y no pude sostener su cabeza, tocar su mano enflaquecida y fría. Hice esfuerzos desesperados para romper mis cadenas, para romperlas con los puños y con los dientes… Fue en vano. Murió… Entonces se le quitaron los grillos, y se excavó una fosa poco profunda en el mismo suelo de nuestro subterráneo. Pedí la gracia de que se le enterrara fuera, para que su tumba estuviera bajo los rayos del sol. Fue un pensamiento pueril, pero no podía dejar de creer que, incluso después de la muerte, este corazón, ansioso de libertad, pudiera encontrar reposo, enterrado en el suelo de su prisión. Este ruego fue inútil, se rieron irónicamente, cuando fríamente lo enterraron ante mis ojos. ¡Oh, cuán pesada era esta tierra, sin una flor, sobre un ser que tanto había amado! Encima suspendieron su cadena. Monumento que conmemoraba tal asesinato.

VIII

¿Pero, el otro, el niño preferido desde el día de su nacimiento, el grácil niño, imagen de su madre, el favorito de toda la familia, el predilecto de mi padre mártir, aquél por el cual se desvelaba?
Yo procuraba no fatigar mi cuerpo, evitar esfuerzos para poder darle ánimos y hacer que su vida fuera menos miserable, con la esperanza de verlo un día libre; él, que hasta entonces había conservado su vivacidad…fue, a su vez, llevado por la muerte.
Lo vi, gradualmente, marchitarse como una flor en su tallo. ¡Oh Dios mío! es algo terrible ver el alma humana salir de su envoltura, de cualquier modo que sea. En mi vida he visto salir el alma de un cuerpo ensangrentado. La he visto debatirse convulsivamente entre las aguas de un océano desencadenado. He visto el espantoso lecho sobre el cual deliraba el crimen junto al terror de la agonía. Pero todas estas abominaciones no eran comparables con la tristeza de la muerte lenta e implacable de un inocente. mi hermano declinaba poco a poco, pero se mostraba lleno de dulzura y de calma, sonriendo cuando su fin se acercaba, adorable en su debilidad, sin una queja, sin afligirse más que por los que dejaba. Casi hasta el final, su alegría conservó un frescor que parecía desafiar la tumba. El frescor de las rosas que poco a poco se marchitan, así como se diluyen los colores del arco iris; sus ojos conservaban una transparente limpidez, cuyo brillo iluminaba nuestra prisión. ¡Sin el menor murmuro!… Sin dolerse por su juventud prematuramente interrumpida… Unas palabras reconfortantes apenas pronunciadas, recuerdos de días mejores para darme valor – pues yo me encerraba en un profundo silencio, abatido por tan duro golpe, el más cruel de todos – y después los suspiros que su debilidad no le permitía reprimir, cada vez más tenues y más espaciados; yo escuchaba… ya no los oía… Llamé, horrorizado. Sabía que nadie respondería a mis gritos, que ningún socorro vendría, pero mi desesperación no escuchaba mi razón. Continué llamando… me pareció oír débil ruido. Con un violento esfuerzo logré romper mi cadena y me precipité hacia mi hermano… Pero ¡ay! ya no tenía hermano. Me había quedado solo. Solo me agitaba entre las sombras… solo vivía y respiraba la atmósfera maldita de esta húmeda cárcel. El único y más querido vínculo que me unía todavía al mundo, el último ser que representaba para mí una raza destruida, acababa de morir en este lugar fatal. Uno en este suelo helado, el otro debajo, mis dos hermanos habían expirado. Tomé su mano inerte… ¡Ay! la mía estaba también helada. No me quedaban fuerzas para hacer el menor movimiento, para luchar… Pero estaba vivo… Sobrecogido por el triste sentimiento que lleva el dolor hasta la demencia, cuando los seres que amamos dejan de existir. No sé por qué yo pude subsistir. No me quedaba ninguna esperanza en este mundo… lo único que me quedaba era la fe, y esto fue lo que me impidió buscar un egoísmo calmante en una muerte voluntaria.

IX
Lo que ocurrió inmediatamente después me es imposible decirlo… pues no lo supe jamás. Perdí la noción de todo. Del aire que respiraba, de la luz y también la noción de las tinieblas. Había perdido la facultad de pensar, así como todo sentimiento, no me quedaba nada… Era como una piedra en entre las piedras, ciego e insensible como una roca en medio de la niebla. Pues lo veía todo vació, desnudo y descolorido. No veía ni la noche, ni el día, ni tampoco la claridad siniestra de mi calabozo, la lívida claridad que mis ojos aborrecían. No había más que el espacio vacío, la nada, la inmaterial inmovilidad. Ni estrellas, ni tierra, ni horas, ningún cambio, no existía ni el bien ni el mal… únicamente el silencio y mi imperceptible respiración, que no era ni la vida, ni la muerte. Me encontraba hundido en un océano de triste olvido, en un océano ciego, infinito e inmóvil.
X
Una luz brilló en mi cerebro… Oía un pájaro cantar. se interrumpió un momento y continuó su canto. Fue la más dulce melodía que hasta entonces había oído: mis oídos se deleitaron hasta que mis ojos, a su vez, se abrieran movidos por un alegre sorpresa; pues ya no reconocieron la miseria en medio de la cual me debatía. Poco a poco, recobré el uso completo de mis sentidos. Vi de nuevo los muros y el suelo del calabozo que me encerraba; volví a ver el mismo rayo de sol que se filtraba por una grieta de la piedra; vi que un pájaro se había posado en el borde de una estrecha abertura, tan tranquilo y familiar como si estuviera en la rama de un árbol – un pájaro magnífico de alas azules, cuyo canto significaba mil cosas agradables, y parecía cantar únicamente para mí. Nunca había visto otro igual y ciertamente no veré nunca algo parecido. Este pájaro me pareció solitario como yo mismo, pero no afligido. Vino, cuando no existía ninguno de los que me querían, para traerme un poco de afecto, y su alegre canto, en el umbral de mi cárcel, me devolvió los sentimientos y el pensamiento. No sé si venía del espacio o si se había escapado de su jaula para posarse junto a la mía, pero, conociendo el dolor de la cautividad, dulce pájaro, es algo que nunca te deseo. Quizás fuera, disimulado bajo este plumaje, un enviado del Paraíso; ¡qué el cielo me perdone un pensamiento que tuve y me hizo reír y llorar a la vez! Creí, por un instante, que era el alma de mi hermano que venía junto a mí.
Finalmente, alzó el vuelo, y entonces comprendí que era un pájaro terrestre ya que de lo contrario no se hubiera marchado dejándome de nuevo solo – solo como un cadáver en su tumba; solo como una nube solitaria, la única nube de un hermoso día, flotando en medio de una atmósfera pura, sola mancha sobre un firmamento radiante. Una nube que no debería bogar, allí arriba, errante, cuando el cielo es azul y en la tierra reina la alegría.
XI
Un cambio se produjo en mi destino… Mis carceleros tuvieron compasión de mí… No sé como les vino este sentimiento, ya que estaban acostumbrados a verme sufrir, pero fue así. Me quitaron las cadenas y pude andar por mi prisión de un lado a otro, pude pasar alrededor de los pilares uno después de otro para volver al punto de partida. Evitaba únicamente pasar por donde mis hermanos yacían; si por inadvertencia ponía un pie sobre su humilde sepultura, me detenía sofocado por la angustia, con el corazón oprimido y desfalleciente.
XII
Excavé escalones en las murallas. No con el deseo de huir, pues todos los seres humanos que me amaban habían muerto, y la tierra entera no habría sido para mí, más que una basta prisión.
No tenía ni hijos, ni padre, ni parientes, no tenía a nadie con quien compartir mi miseria. Y , en realidad, me alegraba de no tener a nadie, pues de lo contrario me habría vuelto loco. Todo lo que quería era alcanzar el reborde de la ventana para poder ver, por lo menos una vez, entre las rejas, las montañas y poder saludar con la mirada sus majestuosas cimas.
“El barco de los esclavos. (J.M.W. Turner).
XIII
Las vi… Eran las mismas… Su aspecto no había cambiado como había cambiado yo. Vi en sus laderas las nieves perpetuas… A sus pies, el inmenso lago, vi también el Ródano azul de impetuosa corriente. Oí el ruido de las ola que se precipitaban, mugiendo, entre las rocas y los árboles arrancados. Vi a lo lejos los muros blancos de la ciudad por delante de los cuales se deslizaban sobre las aguas, velas todavía más blancas. Y enfrente de mí, una pequeña y verde isla, que parecía apenas un poco más grande que el suelo de mi prisión, pero en la que había tres grandes árboles. Recibía la caricia de la brisa de las montañas mientras las aguas la ceñían. En sus orillas se abrían flores de variados colores y de fragantes perfumes. Vi a los peces que pasaban rozando los muros del castillo y retozaban alegremente. Un águila pasó, como llevada pro el viento, y tuve la impresión que nunca un águila había tenido un vuelo tan rápido. En aquel momento mismo ojos se llenaron de lágrimas… Sentí una gran turbación. Casi deploré que me hubieran quitado las cadena, pues cuando bajé, la oscuridad de mi triste morada cayó pesadamente sobre mí. Fue como s y la losa de una tumba cayera de nuevo sobre un ser que se esperaba salvar. Sin embargo, mis ojos, deslumbrados por la luz, tenían necesidad de tal descanso.
XIV
Los meses pasaron… o los años… a los días… No lo sé. Me era indiferente. Había perdido la esperanza de que mis ojos, una vez quitada la venda de las tinieblas, pudieran volver a ver la luz del día. En fin unos hombres vinieron y me pusieron en libertad. No pregunté por qué, ni me preocupé por saber adonde iba a vivir. Me era igual estar o no, cargado de cadenas. Había acabado por sentirme indiferente en medio de mi desesperación. De modo que cuando vinieron a quitarme los grillos, me sentía como un ermitaño entre estos pesados muros y me pareció que al sacarme de allí, me arrancaban por segunda vez de mi hogar, de mi verdadera patria. Las arañas eran mis amigas; me gustaba observar su silencioso trabajo. Había también observado a los ratones que jugaban bajo los rayos de la luna. ¿Por qué hubiera debido sentir un menor apego al lugar que estos animales? Éramos todos los habitantes de la misma morada, Y yo, su soberano, podía hacerlos morir. No obstante, cosa extraña, vivíamos en paz. Incluso mis cadenas acabaron por resultarme familiares. Lo cual demuestra que la costumbre acaba por hacernos lo que somos.
Fue suspirando como recobré la libertad”.
“El castillo de Chillon – Gustave Courbet”.
Anuncios

Responses

  1. Excelente lo que escribio Byron yo estuve en el Castillo de Chillon y cuando leí El prisionero de Chillón pude entender mucho mas lo que ví, describe muy bien el lugar, las sensaciones etc., excelente

  2. Gracias por esta maravillosa entrada. Por favor, podría decirme quién es el autor del cuadro que está sin firmar, el del prisionero encadenado a la columna. Gracias de nuevo y saludos. Emma

  3. Good do the job! This can be a style of info that needs to be provided over the internet. Waste on Google with no for a longer time placing the following release second! Can occur in excess of along with consult with my site. Appreciate it Means)

  4. Amo a Lord Byron, que elegante y perfecto cuento!


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Categorías

A %d blogueros les gusta esto: